Rubén Silva: “En mi novela, el lector se vuelve personaje”
Rubén Silva llega al estudio con una novela que habla de un territorio que conoce desde la infancia. Viene a hacerse una sesión de retratos, Pero hay algo más difícil de fotografiar que un rostro: la historia que una persona carga consigo. Estamos conversando sobre Oeste casi sur, su novela más reciente, y sobre lo que significa escribir desde los Montes de María, un territorio que durante años ha sido contado muchas veces a través de la guerra, el desplazamiento y la violencia. Rubén quiere hablar de otra cosa.
No porque desconozca esa historia. Al contrario. Precisamente porque la conoce, porque nació en Marialabaja y porque durante su infancia salió del territorio para vivir en otras ciudades, sintió la necesidad de regresar a aquello que había ocurrido mientras él estaba lejos. “Sentí la necesidad de conocer lo que pasó en el territorio los años que no estuve allí”, me cuenta. Ese regreso terminó convirtiéndose en literatura.
Una conversación durante una sesión de retratos en Cartagena.

Rubén Silva, escritor bolivarense y autor de Oeste casi sur, durante su sesión de retratos en Cartagena.
Volver al origen para entender una historia
Oeste casi sur comenzó a tomar forma mientras Rubén hacía un micromáster de escritura creativa en la Universidad Icesi de Cali. Había escogido la memoria como tema de investigación, pero decidió mirarla desde un lugar cercano: las mujeres de su propia familia.
Su mamá, sus tías, su abuela y su bisabuela materna aparecen como parte de las raíces de la novela.
Hay algo interesante en ese punto de partida. Para hablar de un territorio, Rubén no comenzó buscando grandes discursos históricos. Comenzó mirando hacia su propia casa. La memoria colectiva entró por la memoria familiar. Y desde ahí empezó a construir una historia que también se pregunta qué significa recordar.
Mientras me cuenta esto, seguimos haciendo fotografías. Cambio una luz, ajusto el encuadre, revisamos algunas imágenes en la cámara y volvemos a empezar. Me gusta ese momento de las sesiones en el que la conversación y la fotografía empiezan a mezclarse. La persona deja de pensar tanto en la cámara y uno puede comenzar a encontrar algo más cercano a quien realmente está ahí.
¿Cómo se cuenta un territorio después de la guerra?
Esta pregunta aparece inevitablemente cuando Rubén habla de los Montes de María. La historia reciente del territorio está atravesada por el conflicto armado, pero él no quiere que esa sea la única puerta de entrada.
En su investigación encontró también historias de resistencia, esperanza y organización comunitaria. Por eso Oeste casi sur no intenta construir una imagen del territorio únicamente desde el dolor. Rubén habla de mujeres que desafían “los fantasmas de la guerra”. Mujeres que aparecen en la novela a partir de historias y testimonios que él escuchó y que terminaron alimentando su escritura. Para él, hacer memoria también tiene que ver con la justicia.
Y ahí la novela deja de ser solamente una historia sobre el pasado. Se convierte en una pregunta sobre el presente.
¿Qué hacemos con aquello que recordamos?
¿Quién cuenta esas historias?
¿Desde dónde se cuentan?
Y quizás la pregunta más incómoda:
¿qué pasa cuando un territorio termina siendo reconocido casi exclusivamente por las tragedias que ha vivido?

Ser del Caribe y escribir desde ahí
Hay una frase de Rubén que resume buena parte de la conversación. “Reconocerme afrodescendiente pero también universal, con horizontes amplificados”. Me interesa esa idea porque rompe con una oposición que muchas veces aparece cuando se habla de artistas de territorios periféricos: como si hablar desde el Caribe significara tener que escoger entre lo local y lo universal. Rubén no parece verlo así.
Para él, escribir desde Marialabaja no significa encerrarse en Marialabaja. Significa tener una raíz. Desde ahí puede mirar hacia afuera.
Su identidad aparece ligada a las tradiciones, a la familia, a las cosmovisiones y a las historias de su territorio, pero también a una voluntad de ampliar esos horizontes. “Es todo un honor y una responsabilidad contar las historias de mi territorio y las múltiples raíces y luchas que me atraviesan”, dice.

Un retrato también puede ser una forma de memoria
Después de varias fotografías hacemos una pausa y revisamos las imágenes. Hay algo curioso en fotografiar a alguien que acaba de hablar durante casi una hora sobre memoria. Una fotografía congela un instante, pero la persona que aparece dentro de ella viene cargada de muchos otros. Quizás por eso me interesa tanto el retrato. Porque un rostro nunca es solamente un rostro.
En el caso de Rubén, detrás de estas fotografías están Marialabaja, los Montes de María, las mujeres de su familia, las historias que escuchó, los años que pasó lejos, el regreso al territorio y una novela que intenta convertir todo eso en una historia compartida. Yo llegué a esta sesión pensando en cómo fotografiar a un escritor.
Terminé pensando en otra cosa: cómo fotografiar a alguien que está intentando contar de otra manera el lugar del que viene.
Y tal vez ahí está la fuerza de Oeste casi sur. No en negar la historia de violencia de los Montes de María, sino en preguntarse qué otras historias pueden contarse después de ella.





