Rafael Bossio • 25 de septiembre de 2026

Una mirada al Circuito de Arte de Cartagena

El color, los cuerpos y Cartagena


Hay algo que me pasa cada vez que entro a una exposición: el color me persigue.


No puedo evitarlo. Cuando veo una obra donde el color tiene una presencia fuerte, inmediatamente algo de ella se queda conmigo. Quizás porque mi mirada viene de la fotografía, de trabajar con la luz, con los cuerpos y con las calles de Cartagena. Quizás porque, para mí, el color también es una forma de contar historias.


Hace unos días visité una de las exposiciones que hacen parte del Circuito de Arte de Cartagena, un ejercicio curatorial realizado junto a Colartis y que reúne diferentes propuestas alrededor de la pintura y las maneras de representar cuerpos, identidades y territorios.

La exposición, ubicada en la Cooperación Española en Cartagena, terminó convirtiéndose para mí en algo más que una visita. También fue un ejercicio para detenerme frente a las obras, mirar cómo están construidas y preguntarme qué sucede cuando una pintura intenta representar a una persona, una cultura o una ciudad.


Estoy comenzando un Diplomado en Estudios de Museo para la Transformación Cultural y, al mismo tiempo que continúo trabajando en las comunicaciones del Museo de Arte Moderno de Cartagena, empiezo a acercarme con mayor curiosidad al campo de la curaduría.

Por eso quise escribir sobre esta visita.


No desde la intención de hacer una crítica definitiva de la exposición, sino desde mi propia mirada como artista visual y fotógrafo.


La obra de Tekiara Suarez


Cuatro artistas que me hicieron detenerme



María Rojas: el cuerpo femenino como territorio de violencia


Una de las obras que más llamó mi atención fue el tríptico de María Rojas. Tres cuerpos de mujeres aparecen tomando el sol en la playa. A primera vista podríamos pensar en una escena cotidiana, incluso en una imagen asociada al descanso, al verano o al deseo. Pero hay algo que interrumpe esa aparente tranquilidad: las tachuelas que presionan sus cuerpos. Ese elemento cambia completamente la lectura.


El cuerpo femenino aparece entonces como un territorio sobre el cual se ejercen diferentes formas de violencia. Un cuerpo que históricamente ha sido observado, deseado, comercializado y convertido en objeto dentro del cine, la publicidad y los medios de comunicación.


Me interesa particularmente esa tensión entre una imagen que puede parecer atractiva y un elemento que nos obliga a mirar nuevamente.

La pintura nos hace pasar del deseo a la incomodidad.


Y quizás ahí está una de sus mayores fuerzas: en recordarnos que muchas de las imágenes que consumimos cotidianamente han construido una determinada manera de mirar el cuerpo de las mujeres.


Luis Mojica: cuando la pintura parece una fotografía


Con Luis Mojica me sucedió algo diferente. Sus pinturas de pescadores me atraparon principalmente por el color.


Hay una paleta profundamente azul que construye una atmósfera casi fotográfica. Al observar las obras desde cierta distancia, la imagen tiene una sensación de realidad muy fuerte: aparecen los personajes, el espacio y una atmósfera que parece congelada en el tiempo. Pero cuando uno se acerca sucede algo maravilloso.


La imagen se rompe.


Aparecen los trazos, las pinceladas, las decisiones del artista. Descubrimos que aquello que parecía una fotografía es pintura.

Esa distancia entre ver la imagen y descubrir cómo está construida me interesa mucho porque también tiene relación con mi propia práctica fotográfica.


La fotografía suele hacernos creer que estamos frente a una realidad capturada. La pintura de Mojica, en cambio, parece jugar con esa ilusión: primero nos entrega una escena reconocible y después nos recuerda que estamos frente a una construcción. Y otra vez aparece el color.


Ese azul que envuelve a los pescadores termina construyendo una atmósfera que se siente viva.


Tekiara Suárez: el retrato como construcción de identidad


El retrato es uno de los géneros que más me interesa. Quizás por eso las obras de Tekiara Suárez se quedaron conmigo. La artista presenta cuatro retratos de mujeres blancas, pero no se limita a representar sus rostros o sus cuerpos. Cada mujer está acompañada por una serie de elementos que ayudan a construir una personalidad. La ropa, los objetos y el espacio hacen parte del retrato.


Hay algo más. Una especie de dimensión mágica que aparece en las escenas. Uno de los retratos presenta a una mujer sentada junto a un tigre, en un espacio doméstico, acompañada además por un abanico de mano. El animal y los objetos dejan de ser simples accesorios y comienzan a funcionar como extensiones de la personalidad de la mujer representada. Me hizo pensar que retratar a alguien no necesariamente significa solamente mostrar cómo se ve. También significa preguntarse quién es, cómo quiere ser representado, qué objetos lo acompañan y qué elementos pueden hablar de su identidad.


En fotografía esto es fundamental.


Cuando hago un retrato, muchas veces la conversación con la persona comienza antes de levantar la cámara. Hablamos de ropa, colores, espacios, gestos y de aquello que quiere comunicar. Por eso me interesa encontrar estas mismas preguntas en la pintura.


Pedro Covo: el tiempo lento del Caribe


Con Pedro Covo aparece otra dimensión que para mí está profundamente relacionada con Cartagena: el tiempo. Uno de sus retratos presenta a una persona en una mecedora, en la terraza de una casa, mientras la luz del atardecer comienza a caer. No parece estar pasando nada extraordinario. Y precisamente por eso la imagen me interesa. Hay una sensación de pausa. De descanso. De ese tiempo lento que muchas veces asociamos con el Caribe.


La mecedora, la terraza y la luz construyen una escena cotidiana, pero también hablan de una manera particular de habitar el tiempo.

Y nuevamente el color aparece como protagonista.


En Covo me atrapó especialmente el verde. Un verde que, por alguna razón, siento que huele a manglar. Es un color húmedo, vegetal, caribeño. Un verde que no solamente describe un paisaje sino que parece construir una atmósfera. Ahí vuelvo a encontrar algo que busco también en la fotografía: que el color no sea simplemente una característica visual de la imagen, sino que tenga la capacidad de producir una sensación.


Mauricio Uribe: una Cartagena que está desapareciendo


Finalmente encontré el trabajo de Mauricio Uribe, un artista joven que dirige su mirada hacia acciones y escenas cotidianas de Cartagena.

Una de sus obras que más me llamó la atención representa una fila en el antiguo centro comercial La Matuna. La escena podría parecer sencilla: personas esperando, una acción cotidiana, un espacio de la ciudad. Pero cuando conocemos el contexto, la imagen comienza a adquirir otra dimensión.


La Matuna acaba de cerrar sus puertas y sobre estos espacios de la ciudad aparecen nuevas transformaciones urbanas. Cartagena cambia rápidamente. Hoteles, proyectos inmobiliarios y nuevas dinámicas económicas van transformando lugares que durante décadas hicieron parte de la vida cotidiana de los cartageneros.


Por eso esta pintura me interesa como registro de ciudad. No solamente representa una fila. Representa un momento. Una Cartagena que está cambiando. Y quizás dentro de algunos años esta imagen funcione también como archivo de una ciudad que ya no existe de la misma manera.


En ese sentido, la pintura de Uribe se acerca a algo que me interesa profundamente desde la fotografía documental: la posibilidad de utilizar la imagen para construir memoria.